Del 15 de mayo al 5 de junio, se realizó en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, el ciclo de conferencias “Fides y Humanitas: claves para para inspirar el presente” a cargo de jesuitas de distintas “misiones” y especialistas en diversos aspectos de la historia jesuita desde sus inicios hasta nuestros días. En la primera sesión, el Dr. Juan Dejo SJ, sacerdote jesuita, historiador y teólogo, explicó los inicios, la evolución y los desafíos de la misión en nuestro país en los siglos XVI a XVIII, así como las particularidades de la organización jesuita, la fórmula del instituto, su modo de proceder y la contemplación en la acción, y su influencia en aquello que hoy llamamos el diálogo intercultural de la fe.

Los jesuitas llegaron al Perú el 28 de marzo de 1568 y se instalaron en lo que sería el Colegio Máximo de San Pablo que luego se convirtió en el centro de operaciones de la Compañía en Sudamérica. El P. Juan Dejo, SJ, oficial de Archivo y Patrimonio de la Curia Provincial Jesuitas del Perú, expresó que la orden religiosa se ha caracterizado por su gran dinamismo, evidenciado no solo en las misiones en diferentes continentes, sino además, por la fundación de colegios. Antonio Ruiz de Montoya sería según el historiador jesuita, un ejemplo de aquellos misioneros que pudieron establecer un símil entre la experiencia espiritual cristiana de la contemplación, con la espiritualidad indígena. Una conversación con un indio de la reducción de Nuestra Señora de Loreto en el Guayrá le permitió comprender cómo es que Dios se encuentra en todas las cosas, simultáneamente, en acción como en contemplación.

El martes 15 de mayo el historiador y ex director de la Biblioteca Nacional del Perú, Ramón Mujica expuso sobre arte e iconografía jesuita. El historiador explicó entre otras cosas el valor de la obra de Bernardo Bitti, padre jesuita que desarrolló su trabajo en Lima, Cuzco, Ayacucho, La Paz y Sucre, desde 1575. El “Cristo resucitado” de Bernardo Bitti, obra de óleo sobre tela, ubicada en el templo de la Compañía de Jesús en Arequipa, evidencia la influencia indígena, lo cual se observa también en el decorado de las paredes del recinto. “De todas las órdenes religiosas diría que los jesuitas fueron quienes trabajaron de manera más cercana con las poblaciones aborígenes, incluso rescatando su propia esencia y dándoles la libertad en su expresividad artística no solo estilística, sino incluso iconográfica”, expresó.

Para Ramón Mujica, el “Niño Jesús de Huanca”, retrato de una escultura de un niño vestido con mascapaicha real, capa de obispo y con ojotas de oro, no solo retrata la efigie física, sino la iconofanía irradia luz. Representa con claridad el sincretismo y el respeto a la cultura local. “Los jesuitas se distinguen por su habilidad para jugar con los símbolos, por ejemplo, logran establecer una relación directa del sol padre con el Evangelio y también una nueva lectura de lo andino como el que las culturas precolombinas prepararon el camino para la llegada del Evangelio”.Tanto las misiones como la labor pedagógica de la Compañía de Jesús han quedado plasmadas en las diferentes pinturas y otras manifestaciones artísticas, las que a su vez han contribuido con la evolución del arte en el Perú y la construcción de identidades.

El filósofo y director del Centro de Espiritualidad Ignaciana (CEI) P. José Luis Gordillo, sacerdote jesuita, tuvo a su cargo la tercera conferencia, en la que explicó que la pregunta por el ser es una pregunta fundamental y la clave de la espiritualidad, no solo porque es la interrogante más honesta y antigua que se hace el ser humano, sino porque nace de la admiración que tenemos por el mundo y se torna en nuevas inquietudes: ¿Quién soy yo? ¿Quién dio origen a la vida? ¿Quién es Dios? “La espiritualidad propone pautas acerca del modo en que se relacionan espiritualmente Dios y el ser humano, este último compartiendo la condición de espíritu. El ser humano es un ser espiritual, no porque seamos etéreos, sino porque compartimos esa condición con Dios”, expresó.

Ignacio de Loyola fue un hombre de su época, complejo, a quienes llamaron “El Peregrino”. Creó un eficaz método para la búsqueda de la voluntad de Dios: los ejercicios espirituales. “Para Ignacio la vida entera era un espacio de revelación de aquel que le trascendía. Entendía que solo si vivimos una espiritualidad que conduzca a la toma de decisiones es que podemos llegar a conocer la voluntad de Dios y, evidentemente, ser felices”, señaló el P. José Luis Gordillo, SJ. El expositor desarrolló el método del P. Ricardo Antoncich, SJ, publicado en su libro “Cuando recen digan padre nuestro”, en 1989, acerca de que la libertad se ubica en tres espacios de intersección humana: Exterior (sociológico), Interior (Psicológico) y Trascendente (Teológico).

La cuarta sesión del ciclo abordó la importancia de la educación popular en la obra apostólica después de Vaticano II. Los especialistas destacaron que una práctica educativa, desde la educación popular, tiene como objetivo la transformación de una sociedad que reproduce condiciones de exclusión hacia una más justa y solidaria en la que todos puedan desarrollarse íntegramente. Por ello, el apostolado jesuita decidió relacionarse directamente con una educación que produce estos cambios estructurales.

El historiador Rolando Iberico compartió un proyecto de investigación en el que viene sistematizando las experiencias de centros sociales jesuitas, que evidencian el proceso de acompañamiento, de liberación y de desarrollo humano integral presentes en el trabajo pastoral de la Compañía de Jesús. Citó al P. Michael Campbell-Johnston, quien señala que la formación de los jesuitas incide en un conocimiento profundo de la realidad social en la que viven. Ello explica que los Centros de Investigación y Acción Social (CIAS), fundados en 1955 por el Padre Manuel Foyaca, fueron concebidos como espacios para pensar la transformación de la mentalidad y las estructuras sociales en un sentido de justicia social.

Carmen Robles, miembro de la junta de asociados de Servicios Educativos en El Agustino, expresó que la Compañía de Jesús, a la luz de los cambios propuestos en Vaticano II, decide dar un gran giro en la Congregación General 32 en la que especifica que su misión en adelante será: “la misión de servir a la fe promoviendo la justicia”, señaló. Esto llevó a la promoción de centros sociales para fortalecer su presencia en lugares con personas en situaciones críticas. Esta opción de terminar con la explotación de los pobres, que dio origen a la Teoría de la Liberación, fue más allá del campo religioso con repercusiones en la educación de América Latina.

En el encuentro también participó el P. Jerónimo Olleros, SJ, ex director nacional de Fe y Alegría y ex director del Centro de Capacitación Agro-Industrial Jesús Obrero (CCAIJO, creado en 1971) del Cusco y actualmente es párroco del templo de la Compañía de Jesús en Cusco. “La educación popular no es beneficiar al pueblo. Se trata de retomar sus perspectivas, reconocer la validez de que todo nuestro pueblo puede aportar y, desde allí, aportar a la vida del país. Se trata de una educación liberadora y, por ello, siempre se debe abrir el diálogo con lo diverso. Eso nos debe seguir apasionando. Miremos hacia el futuro y descubramos nuevas posibilidades para aportar al desarrollo del Perú, desde la Compañía de Jesús en el Perú”, expresó.

La última sesión contó con los aportes de Dora Rebolledo, del Colegio de La Inmaculada, Rafael Egúsquiza, de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya y del P. Javier Quirós, ex director del Colegio Fe y Alegría. Los tres abordaron desde distintos aspectos, el valor de la pedagogía ignaciana en las instituciones educativas y el rol de transformación que compete no solo a los planes educativos sino a cada individuo en su rol de gestor de cambios, pues a ello debe dirigirse la educación en su finalidad de transformar la sociedad hacia un mundo más justo.